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Yo estuve en un mar turquesa

 

Pablo Messiez nos habla, en un texto lleno de poesía y amor a Federico García Lorca, de su aproximación a ‘Bodas de Sangre’, obra que está montando para el Centro Dramático Nacional y que estrena el 18 de octubre

 

 

Por Pablo Messiez / @pmessiez 

 

 

Yo estuve en un mar turquesa.

Nos llevó Juan (Ceacero), y ahí estábamos, la compañía entera.

Bueno, sin la Muerte y sin los padres, aunque echándolas de menos, así, en femenino.

La luna sí que estaba ahí, justo cuando el sol se iba. Y supongo que es por eso que el mar estaba así. Turquesa. Y plateado. Y dorado.

 

Me acordé de los versos esos de la poeta rusa que dicen “es el sábado mi plata/ es el domingo mi oro”. Claro. Ese mar era nuestro fin de semana. Porque en nuestros días de descanso nos fuimos a Almería, y era ese mar el que nos tenía en un éxtasis raro, con todas las células celebrando esa inmensidad que nos tocaba.

 

Federico, ahora necesito hablarte a vos: tu obra es un mar. Es inmensa. Es impredecible. Y es Maestra. El mar enseña cosas de esas que se entienden con el cuerpo. De esas que llegan a los centros. Quien lo probó lo sabe. Sabe que es salado y que hay de amar a mar una letra solamente.

 

Tu obra es un mar que nos está meciendo, en el que nos dejamos mover, sacudir, sumergir. Un mar que también se muere.

 

Trabajar con tus palabras, que son a la vez el mar y el barco, que son el misterio más grande del mundo, nos está dando la vida. Por eso te escribo ahora a vos, para agradecerte en nombre de la compañía el tocarnos así las pieles y las carnes. Por mostrarte así en tus escritos, tan audaz, tan sexy, tan hermoso, tan valiente, tan brillante, tan singular.

 

El mundo se parece poco al mar. Y es bastante una mierda. Pero ahí están el mar y tu obra, para recordarnos que son distintos. Incluso distintos a sí mismos. Porque se mueven.

 

Me pasa algo raro: te echo de menos. Echo de menos esa voz que podía decir: “yo siempre haré el teatro que me guste, el que siento; y lo haré como me da la gana”; o “Lo normal es el amor sin límites. Porque el amor es más y mejor que la moral de un dogma.”; o “El teatro ha perdido su autoridad porque día tras día se ha producido un gran desequilibrio entre arte y negocio”.

 

Decir esas cosas y escribir lo que escribías y hacer versiones de los clásicos con La Barraca, y pasar de escribir Así que pasen cinco años a La casa de Bernarda Alba. O incluso pasar del Acto I de Bodas de sangre al Acto III, por puro deseo de hacer el teatro que te daba la gana. Y todo esto sin perder de vista tu voluntad de hacer un teatro popular. Cómo no echar de menos semejante torbellino encarnado, en estos tiempos en los que los discursos bienpensantes se convierten en obras. Estamos volviendo a un teatro de contenidos, Federico… ¿Cómo te quedas? ¡¡¡Qué alivio es poder trabajar sobre una obra que reflexiona sobre las formas!!! “¡Qué alegría y que cambio para esta casa!” como dice el Padre de tus Bodas. Poder pensar en la musicalidad de las palabras, siguiendo tu consejo que dice que “no se puede representar una obra clásica íntegramente, sino dándole un nuevo ritmo”.

 

Ahora el clásico sos vos, Federico. Para bien y para mal. Para bien, porque tus textos circulan y llegan a muchísima gente en todo el mundo. Para mal porque como suele suceder con los clásicos, se van instalando algunas ideas muy raras sobre ellos. La suposición de que hay un modo “bueno” de hacerlos. Como si el teatro no sucediera en presente. Como si con los clásicos hubiera que ser fiel a una especie de reconstrucción de un modo. El viejo malentendido entre literatura dramática y teatro. Qué te voy a contar que no sepas, con todo lo que has dicho al respecto. Si además de leer tu obra circularan más tus ideas (que están ahí en entrevistas y conferencias) otro gallo cantaría. Pero el mundo es una escuela de desatención y un infierno de opiniones, y una cita tuya en un discurso siempre es bien recibida, aunque el que la diga sea uno de los que propugnan con sus actos el desequilibrio entre arte y negocio que te dolía. Ay.

 

Por suerte están el mar y tu obra.

 

Por suerte están ahí tus ideas. Y esa impunidad maravillosa que empodera y que hace que me atreva a escribirte esto aún a riesgo de parecer cursi o engreído.

 

No sabes la fuerza que has puesto en mi dedo meñique. Es la fuerza de seguir el camino del propio deseo. De juntarme con esta gente que me llevó al mar, de querer sólo verlos y escucharte en ellos. Gracias, Federico. Te estamos amando.

 

Madrid, 26 de septiembre de 2017

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