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Valeria Alonso estrena ‘Mi tele tiene un grillo dentro’

Después de mostrarlo en el SURGE de 2017, la compañía La Cabra, con Valeria Alonso al frente como dramaturga y directora, presenta Mi tele tiene un grillo dentro en el Teatro del Barrio, un montaje innovador que plantea todo un reto al espectador, al que se le interpone una pantalla entre lo que sucede y su percepción, algo absolutamente contemporáneo.

 

Por Álvaro Vicente / @AlvaroMajer

 

Cuántas casas habrá en este planeta donde la tele permanece encendida día y noche hasta convertirse en un sonido como de grillo, que está ahí pero pasa a un segundo plano en nuestra percepción. Una amiga de Valeria Alonso, actriz, directora y dramaturga argentina afincada en España, puso en facebook esa frase: mi tele tiene un grillo dentro. Valeria le dijo: qué buen título para una obra. Y su amiga respondió: escríbela. Y aquí está. Con un dispositivo tecnológico novedoso y llamativo (el público ve un doble juego teatral y audiovisual al mismo tiempo), esta pieza indaga sobre nuestra responsabilidad a la hora de informarnos y formarnos una opinión sobre la realidad y sobre lo que, a partir de todo eso, enseñamos a nuestros hijos. Además de la propia Valeria Alonso (que hace unos meses estrenó también como co autora y directora Gloria en el Teatro del Barrio), la pieza, que tiene música en directo ejecutada por Shahen Hagobian, está protagonizada por Juan Ceacero, Juan Carlos Rueda, Marta Malone, Ivana Heredia y la participación especial de Teresa Rivera, el otro pilar sobre el que se asienta el trabajo de esta compañía que cumple 15 años de trayectoria.

 

 

Nos pones frente a una arquitectura escénica fuera de lo habitual. ¿Buscas una nueva relación con el público o qué te lleva a poner una tele entre la acción teatral y el espectador?

Resumiendo mucho, se trata de ir al teatro a ver la tele. La obra se filma en vivo y se proyecta a través de la tele. Lo que pasa es que la historia, la dramaturgia es compleja en el sentido de que es muy metafórica, muy poética. Aunque no por eso deja de tener humor. Tiene muchos frentes. Con respecto al hecho de ver la tele, las tres funciones que hicimos en el SURGE del año pasado nos dieron una medida, vino mucha gente de cine a ver la función y la devolución fue maravillosa. Muchos me dijeron: esto es un invento, esta manera de usar el audiovisual en el teatro no se suele ver. Eso es algo muy divertido también.

 

O sea, inventas al tiempo que haces, lo cual es como abrir un pequeño abismo, para ti sobre todo que eres la creadora, pero eso es una enorme atracción muy sugerente para el público, que se enfrenta a una recepción doble, escénica y audiovisual…

Bueno, el audiovisual en artes escénicas está muy usado hoy en día, a veces da como pereza incluso, pero cuando encontré este pequeño tesoro dije sí, por aquí sí.

 

 

¿Y cómo lo encontraste, como surge esto?

Al principio no era una tele, era una pantalla. Se filmaba en vivo con una cámara, con efecto nightshot, de visión nocturna, que se ve en verde, algo que es antiquísimo. Mi padre tenía una cámara de esas, pero cuando empecé a trabajar me di cuenta de que ninguna cámara tenía ese efecto hoy en día y con la cámara de mi padre, que es muy antigua, no se podía hacer, lo complicaba todo mucho. Me gustaba la idea de una cámara así que remite a esas armas que tienen un dispositivo para ver en la oscuridad. La obra navega también en un mundo en guerra. Y ahí se me ocurrió lo de la tele. Tuvimos un día de prueba técnica en la Cuarta Pared que fue la salvación, probé muchísimas cosas: telón transparente, telón cerrado y que no se viera nada de la obra, que la gente solo viera la tele… eso fue muy radical. Y terminó por armarse el espacio tal cual está ahora, que a veces se abre, tiene momentos teatrales en los que los actores van hacia el público, pero la mayoría de las cosas suceden detrás de un telón plástico y se está filmado. Cuando hay luz se ve lo que está pasando detrás, pero gran parte de la obra está teñida de oscuridad y usamos linternas, y el público intuye que los actores está ahí. Al final, lo que se plantea es una gran confusión: ¿esto es teatro o televisión? Es la primera invitación a dudar de todo lo que vemos, de todos los conceptos, de todo lo que nos cuentan o nos contamos nosotros.

 

La pantalla es un filtro…

Sí, en el momento en el que se pone una pantalla por medio, la realidad está siendo manipulada. Y en la obra se juega mucho con esto, se dice por ejemplo que está pasando esto, y claramente está pasando otra cosa. Se cuenta una cosa y se muestra otra.

 

Hay una frase del dossier… “profunda reflexión sobre el germen de la violencia en el paradigma de lo desinformativo”… te lleva claramente ahí. La vivencia de la realidad que tenemos está muy filtrada por las múltiples pantallas con las que convivimos.

La información está totalmente manipulada. Hace unos 6 años, estuve en Argentina viviendo dos años y allá es como -o era, ahora que está Macri es otra cosa- estaban los kirchneristas y la contra, y era algo absurdo, por decir algo. Veías los titulares y sobre el mismo hecho se ofrecían versiones opuestas. Esta obra la escribí en aquella época (aunque no la monté hasta el año pasado). En realidad, para mí la obra indaga sobre la responsabilidad que uno tiene, más allá de que somos manipulados por la información, ¿qué es lo que nosotros miramos, qué es lo que nosotros construimos en nuestra vida? El corazón de la obra es lo que enseñamos a nuestros hijos, esos señores que hacen la guerra, qué es lo que les enseñaron su mamá y su papá. ¿Cómo nosotros hacemos la guerra en los pequeños actos de la vida, o hacemos la paz? Es una obra bastante budista en ese sentido.

 

Y todo esto, los temas que querías poner sobre la mesa con la obra, ¿aparecían en paralelo al hallazgo del dispositivo escénico o primero tenías el armazón ideológico y luego la forma fue llegando? ¿Querías que esto se contara de una forma determinada?

Sí, en realidad creo que en todas las obras que hago, van en paralelo el espacio con la historia. Para mí todo es dramaturgia, todo cuenta. En La piel, por ejemplo, que hay una caja que luego se convierte en ataúd, no es solo una escenografía con la que la actriz interactúa, sino que está narrando parte de lo que habla la obra. Fue paralelo. Obviamente, cuando aparece la idea de la televisión todo cobra mucha fuerza, porque la gente se sienta y mira la tele, y eso ya te está contando algo de un comportamiento humano en el que todos estamos.

 

Un comportamiento que abona la pasividad…

La pasividad y el ver qué me cuentan, nos falta darles palomitas de maíz (risas). Toda la historia, todos los textos, que tienen la forma de un cuento, porque es como una narración casi infantil (que de infantil no tiene nada), nacieron en aquella época en Argentina y cuando lo retomé el año pasado metí más cosas, metí actualidad, se multiplicaron las narraciones. La obra habla de un familia y a la vez habla de miles de familias.

 

 

¿Quiénes son los personajes de esa familia?

Son personajes como de cuento que podrían ser una familia, juegan con la idea de ser una familia, y cuentan muchas historias de familias que resuenan con su propia historia, pero no es un cuentito con mamá, papá y los hijos, ellos ironizan sobre eso. Todo lo que va a ser contado está todo el tiempo siendo interrumpido por mentira, la verdad, la ficción, la fantasía, y todas estas historias que se entremezclan.

 

Hay un personaje que tú llamas El Relator. ¿Qué es, un narrador?

Es una especie de reportero vestido de soldado, una figura que articula digamos la manipulación de las historias, las que cuentan los personajes: La joven del abismo, El niño del corazón mutilado, La princesa del Sur o La mujer hermosa y arrugada (una especie de ex vedette venida a menos que está siempre sentada frente a la tele), historias que se cruzan, que no tienen una linealidad, que juegan con la realidad y la ficción. Todos los personajes tienen una especie de doble vida, doble funcionalidad. Al final, hay toda una reflexión también sobre qué papel juega el amor en el mundo, si el amor nos puede salvar o no. Esto está encarnado especialmente por El niño del corazón mutilado, que dice que es poeta y está tomado por el amor y ahí es donde cuestionamos de qué manera amamos, cómo el amor puede unir y el mal amor puede desunir. En nombre del amor también se destruye.

 

Parece una estructura muy fragmentaria, muy de collage, que no sé si es la palabra más adecuada…

Para mí es laberíntico, es como entrar por diferentes sitios y encontrarse con los otros e ir encontrando una salida que une todos los significados. Tiene algo de sensorial, tiene algo de entregarte a una fábula, a una experiencia. Y después te quedan resonando muchas cosas, pero el propósito no es que puedas leer el cuentito que yo te quiero contar. En realidad a mí me interesa despertar una emoción y una reflexión. La obra habla de algo que nos toca a todos, esta cosa de hablar de muchas familias y de contar muchas historias es una manera de invitarnos a ver la nuestra, a mirarnos. Algo va a sintonizar con la experiencia que uno tiene a diario.

 

La obra nació en SURGE, pero ha tardado un año en poder volver a verse. ¿En qué medida os sirvió SURGE a vosotras?

Sirvió para ponerla en marcha y que la viera gente que puede programarla en otros espacios y, aunque les gustó, o eso me dijeron, nunca la han programado. Y muchos me dijeron que no porque ya estaba estrenada (tres funciones en una sala off), así que este año, que he presentado Husband en SURGE, lo he planteado como un work in progress.

 

 

15 AÑOS DE LA CABRA

A principios del siglo XXI estalló en Argentina la crisis del Corralito. Como ocurrió a finales de los 70 con la Dictadura, esta nueva crisis hizo que muchos artistas salieran de allá hacia Europa. Valeria Alonso llegó a París en 2002 y luego recaló en Madrid, donde montó su propia compañía, La Cabra, con la que ha creado y estrenado una docena de montajes que siempre han tenido como sello característico una exploración en la combinación de lenguajes teatrales, dancísticos y videográficos. Desde El Huevo hasta Husband, que acaban de estrenar en el último surge, pasando por La Piel, La Sole, Boyfriend o Cortar por fax, La Cabra ha ido generando un modo propio de hacer teatro que, sin embargo, no ha terminado de encontrar su lugar definitivo. Como le ocurre a tantas otras compañías, la realidad cultural española, en vez de apoyar y sostener proyectos consolidados y contrastados como este, abona un frágil ecosistema en el que se anula la trayectoria y obliga a empezar de cero cada vez. “Los artistas nos involucramos al máximo y es pura inversión, porque pensamos que en algún momento esto va a ser reconocido, creemos que tiene un lugar, pero no llega. Nos pasó con La Piel, tuvo mucha fuerza y luego no llegó a ningún sitio. Estos criterios de programación absurdos que le dan más valor al nacimiento de una obra que a la trayectoria, al recorrido de un creador, al acompañamiento del proceso creativo, están siendo muy perjudiciales. Cómo una compañía como La Cabra, que manejamos un lenguaje no convencional, seguimos 15 años después teniendo que demostrar algo con cada nuevo proyecto”, lamenta Valeria Alonso.

 

 

 

 

 

MI TELE TIENE UN GRILLO DENTRO

Teatro del Barrio

Del 9 de junio al 1 de julio

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