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Romina R. Medina. Directora, dramaturga, docente y actriz

8 de marzo. Qué celebramos y qué reclamamos

 

 

REFLEXIONAR

 

El cambio para la visibilidad y empoderamiento de la mujer es lento. En momentos históricos revolucionarios se han hecho grandes avances, pero cuando posteriormente llega la normalidad rutinaria todo se recoloca a favor del patriarcado. Sin embargo, en los últimos años aprecio grandes cambios visibles.

 

Empezando por el último, para mí más notable, con el estallido del #metoo que ha dado voz a las mujeres en el mundo de la cultura para luego extenderse a todas las áreas, haciendo justicia al romper el silencio en el ámbito sexual en el que tan violada (en todas las acepciones que se quieran entender)ha estado nuestro género. Una violencia atroz que se ha perpetuado y acrecentado gracias al silencio pasmosamente normalizado. Ese es el primer paso y uno de los más difíciles, tomar conciencia, y romper el silencio desde la unión, desde la sororidad.

 

La educación y la historia nos ha relegado al papel de objetos sexualizados, musas y sostén del género masculino. Y esto nos ha costado caro.

 

En primer lugar a las mujeres, al dejarlas sin voz ni voto en la herencia cultural que es reflejo de nuestra historia e identidad como sociedad. En segundo lugar y no menos importante, la pérdida de referentes femeninos para todo el legado de generaciones.

 

Esto se aprecia en toda la dramaturgia que nos llega de siglos atrás donde el ciclo se retroalimenta: las historias protagonizadas y llenas de personajes masculinos desde la mirada masculina, lo que afecta a la hora de la igualdad en cuanto a trabajo. Hay más papeles para ellos, los personajes son más completos e interesantes, y la perspectiva nos llega también desde la mirada masculina.

 

En la época contemporánea esto está cambiando, aunque cuesta.

 

Podemos empezar a ver en los teatros públicos y concursos (algo importante porque ya no es aislado) nombres como María Velasco, Lucía Carballal, Lola Blasco, Carolina África, Marta Buchaca, Irma Correa…entre otros (me gustaría poder decir entre muchos otros, pero todo llegará). Sin embargo, todavía muchos teatros públicos tienen que hacer un gran esfuerzo para equilibrar sus programaciones y visibilizar más a las mujeres en ellas. Por no decir la mayoría de ellos.

 

En el campo de las actrices me sigue agotando la eclavitud al peso y la belleza al que somos sometidas a diario, junto a la preocupante sexualización de nuestros cuerpos y la imagen que se da de nosotras. Siguen habiendo en cartel muchas propuestas que dan hasta asco. Y se contrarrestan con todas esas( cada vez más espero) en que las mujeres u hombres damos la visión de mujeres completas, complejas, diferentes cada una e interculturales, y activamente visibles en la sociedad. Alejadas de los cuidados,la objetualización, y el sostén como únicas alternativas.

 

Y hay que tener especial atención a todos esos micromachismos, no por pequeños sino por invisibles, en el que se nos sigue colocando por debajo.

 

El techo de cristal se empieza a romper a mi parecer desde que he podido ver en puestos de poder a mujeres como Carme Portacelli o Natalia Menéndez al frente del Teatro Español o el Festival Internacional de Almagro. Sin embargo, la presión, la exigencia (y la autoexigencia) es mayor para nosotras. Somos menos porque nos dejan menos, no por el consabido dicho de “es que no hay tantas mujeres” porque en mi experiencia académica he comprobado que nos licenciamos un 70% más de mujeres que de hombres, siendo paradójicamente menos luego en el mundo laboral.

 

Esto hace que la competividad para nosotras sea mayor y una vez que llegas tienes muchas veces igual o mejor formación y sin embargo, te sientes inferior, más observada,  juzgada…lo que hace que nos autoexijamos más. “Si sólo llegan unas cuántas que sean perfectas, para que no digan, para que nos dejen seguir estando”. Y esto sin meternos es cómo lidiarlo con el mundo personal y familiar, con la maternidad y las ayudas (que apenas existen) junto a la precariedad y la inestabilidad de nuestro oficio.

 

Que lleguen mujeres como Portacelli por primera vez en la historia a dirigir espacios públicos como el Teatro Español es absolutamente necesario. Porque su visión hace que nos de más oportunidades e igualdad a nosotras, donde la mayoría de las veces ni se presta atención. Y es así. Lo quiera quién lo quiera discutir. Siempre que se piensa en un técnico de sonido, iluminación, maquinaria, dramaturgia, dirección y sobre todo, en proyectos de embergadura económica se piensa en masculino. Y eso, si no se pone conciencia y se lleva a la práctica no cambia.

 

Es indispensable la educación. Por eso aparte de mi faceta como actriz, dramaturga o directora desarrollo desde hace años talleres desde la docencia teatra con perspectiva de género, desde niñas, a mujeres de barrios que a priori nada tienen que ver con el mundo del espectáculo, o cursos para gente profesional. Porque la concienciación, el despertar de la conciencia viene educando, reeducando. Y desde la paciencia, el buen hacer, el humor (importantísimo) y el amor, no desde el odio o la revancha.

 

Dejemos de reivindicar y sigamos vindicando para recuperar lo que ya es nuestro.

 

 

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