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Pradillo no se puede pintar de blanco

 

Por Yaiza Cárdenas/ @yaizalloriginal

 

Las personas vamos hacia atrás. Somos seres avanzados despojados de lo más primitivo de nuestra identidad. Animales salvajes que han sido domesticados.

 

Nosotros, esos individuos capaces de desarrollar algo tan complejo como una realidad virtual, nos hundimos en la nuestra con la falta de instrucciones. Hipócritas, nos quejamos de la opresión y la falta de libertad, mientras necesitamos ser parte de algo para ser felices.

 

Arrastramos cual condena la rutina mientras nos falta valentía para salir de ella. Somos pioneros de la deshumanización social y no nos planteamos cómo éramos antes de tanta tecnología ni cómo seríamos si tuviésemos un lienzo en blanco.

 

Cuqui Jerez nos ha proporcionado ese espacio virgen en el Teatro Pradillo. Ha jugado con nosotros y, a mí al menos, me ha hecho daño. Me ha dotado de mi extenso imaginario y, tras sembrar en mí enormes expectativas, solo me he encontrado con un lienzo en blanco. Sí, tan solo eso… Pero eso no es lo peor, no se crean. Me ha demostrado que somos unos cobardes, que nos faltan ovarios. Tras dotarnos de colores, las paredes seguían blancas. Media hora después, las paredes seguían blancas. La gente marchándose y, las paredes, seguían blancas.

 

Yo, una entre tantas otras deshumanizadas (aunque no quiera verlo) me he quedado ahí quieta, paralizada, sin saber si ya podía irme. No saber qué hacer me desespera y el miedo a defraudar me priva de mi libertad. Sentada, cual champiñón en el monte, miraba hacia el negro cielo de cemento por si alguna cámara oculta se dejaba entrever. Nada, y debajo, folios blancos.

 

De pequeña habría pagado mucho más de 12€ (tan solo papel) por tener una habitación para mi creatividad. Una pizarra cúbica en la que probar todos los movimientos artísticos. Y ahora, sin embargo, aquello me parecía una broma. Yo, que había seguido las instrucciones y había ido monocromática, miraba contenida mi brebaje azul esperando que pasase algo mientras pensaba cómo sería mi ideal de aquello. Me imaginaba, fascinada, tirando aquellas acuarelas potables por toda la habitación, restregando el bollo rosa por los folios y creando un ‘puke rainbows’ digno de exponerse en algún museo (aunque sea uno de chichinabo, no importa). Me imaginaba feliz jugando a un Quimicefa artístico, pero no lo hice. Mientras, escuchaba a un individuo monocromático gris comentar lo mismo que yo estaba pensando y que tampoco él hizo.

 

Quién sabe, por miedo a defraudar y destrozar algo que para una persona era importante, por miedo al qué dirán, a salirse de lo ‘normal’… El caso es que, tras hora y media, allí se quedó. El lienzo continuó blanco, virgen, cuando lo que todos deseábamos era desflorarlo.

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