“La política fascista reemplaza la realidad por las declaraciones de un individuo concreto. (…) La repetición constante de unas mentiras evidentes forma parte del proceso que sigue la política fascista para destruir el espacio de información. (…) Una persona reemplaza al mundo y, así, la política fascista impide que podamos valorar los razonamientos siguiendo un patrón común”.
Jason Stanley, ‘Facha’

 

Por Pilar G. Almansa  / @PilarGAlmansa

 

Uno de los mayores problemas que está creando la desaparición en las escuelas de los estudios artísticos es la diferenciación entre ficción y realidad por parte del público. Sin embargo, no es el único factor que ha contribuido a esta dinámica. El arte ya empezó a desdibujar la frontera a principios del s. XX, y con la aparición del performance art se cristalizó un lugar definido en el que arte y vida se fusionaban poéticamente. Lo mainstream, que todo lo engulle, recicló el concepto para articular un nuevo tipo de entretenimiento: el reality. Esto, junto a las redes sociales (y la marca personal, y los influencers) han desembocado en una sociedad en la que el espectáculo hecho de realidad es constante. Los ciudadanos, confundidos ante esta ausencia de límites, sienten que todo está ficcionado y han emprendido la búsqueda de lo auténtico, lo no contaminado, lo puro: en definitiva, lo realmente real.

 

Pero ‘lo real’ también puede tener ‘apariencia de real’ sin serlo. Así es como construye la extrema derecha su relato. Según Jason Stanley en Facha, Donald Trump consiguió un aura de autenticidad al expresar “opiniones escandalosas presuntamente no aptas para el discurso público”, porque así la gente entendía que “no tenía pelos en la lengua”. El problema es que muchas de esas declaraciones no se basaban en la realidad, entendiendo la realidad como un conjunto de datos objetivables, medibles, contrastables. Esas declaraciones eran sencillamente eso: declaraciones. La extrema derecha busca romper deliberadamente el pacto social sobre qué es real y qué no lo es, pero no mediante la argumentación intelectual o la refutación científica, sino mediante la mera enunciación. En cierto sentido, podríamos afirmar que la extrema derecha tiene un relato performativo…

 

Y en un mundo ansioso por encontrar algo auténtico, posiciones así tienen el campo abonado. Tienen apariencia de autenticidad, incluso de rebeldía, porque se salen de los cauces oficiales… sin ningún esfuerzo o rigor intelectual, ¡y al público le da igual! Como sociedad nos hemos acostumbrado a que el espectáculo sea la realidad misma, o, lo que es peor, conscientes de que todo es espectáculo, se rechaza todo con idéntica energía, sin discriminar cuánto de realidad hay en cada relato. La consecuencia, en cualquier caso, es la misma: no se le exige al político ninguna responsabilidad por sus palabras.

 

Esto es algo gravísimo. Sobre todo, porque en esa responsabilidad exigible hay matices. Una cosa es ser incoherente a lo largo de una trayectoria política y otra dinamitar el marco de decodificación de la realidad de manera deliberada. Una cosa es negociar y ceder en parte de tus principios para alcanzar un bien mayor, y otra manipular o ignorar datos para conseguir el poder. Pero ya no sabemos matizar, y todo se mete dentro del mismo saco, porque la política se ha convertido en la gran liga nacional, donde están ‘los míos’ y ‘los otros’. Gana lo tribal sobre lo común, la emoción sobre la razón. Yo soy yo y mi realidad, porque ya no comparto circunstancias.

 

Por eso creo firmemente que para este 2020 que entra uno de los actos políticos más necesarios es seguir haciendo ficción. Volvamos a señalar los límites entre la ficción y la realidad. Porque solo con ciudadanos que sepan distinguir claramente entre qué debemos exigir a una novela, una obra de teatro o una película, y qué debemos exigir a un discurso político; que conozcan los mecanismos de construcción espectacular aplicados a cualquier campo; y que entiendan qué tiene consecuencias reales y qué no las tiene, podremos construir un país con futuro. Sigamos haciendo y enseñando teatro: es nuestra mejor herramienta contra el neofascismo. Antes de que sea demasiado tarde.