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El gato montés

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Por Miguel P. Valiente / @MiguelPValiente

 

Vuelve al Teatro de la Zarzuela la producción de El gato montés que firma José Carlos Plaza y que, tras su estreno en 2012 en el teatro madrileño, visitó el sevillano teatro de la Maestranza en 2013 y, en el centenario del estreno absoluto de la obra -Teatro Principal de Valencia el 23 de febrero de 1916-, se repuso en el Palau de les Arts Reina Sofía de la ciudad del Turia.

 

El compositor, Manuel Penella, la denominó “ópera española popular” quizá por el ambiente recargado de tópicos hispanos, con su buen surtido de toreros, bandoleros, gitanas, etc. Una fórmula que unas décadas antes había utilizado Bizet con tanto éxito en su ópera Carmen, que casualmente se ha estado representado estas semanas en el Teatro Real. Otros eruditos consideran que se trata de un ejemplo de “verismo a la española” por el entorno localista en el que se desarrolla la acción; por la pasión y los sentimientos en ebullición que afloran a medida que progresa la trama y por una línea vocal que no pocas veces acude al recurso dramático del desgarro.

 

A pesar de contar entre sus páginas con uno de los más reconocibles números de toda la música lírica española, el famoso pasodoble de El gato montés, y con momentos musicales aislados en los que no falla la inspiración, se trata de un título raramente programado ya que, como conjunto, presenta significativos problemas de coherencia dramática que parten de un libreto poco afortunado (autoría del propio compositor) y de una música que, si bien en ciertos momentos tiene ecos puccinianos, la mayoría de las ocasiones no consigue impregnar al drama con el necesario impulso emocional. A pesar de que la orquestación es colorista, también es muy elemental con motivos instrumentales que simplemente doblan la línea vocal. A la postre, una partitura con momentos interesantes pero que es incapaz de suplir la deficiente dramaturgia. 

 

Con esos mimbres un hombre de teatro como es Plaza intenta sacar a flote el drama haciendo hincapié en los aspectos más trágicos del argumento. La minimalista escenografía deja casi todo el protagonismo a los intérpretes y a una iluminación que envuelve a la propuesta en un ambiente tenebrista que a veces resulta algo monótono para el espectador.

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