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No me vuelvo a enamorar (2): Carla Simón

La serie de diálogos de Celso Giménez continúa este mes con Carla Simón, la directora de la película más laureada del 2017, Estiu 1993 (Verano 1993). Es muy interesante ver lo que ha sucedido tras la explosión y lo difícil que es volver a encontrar el control sobre el tiempo creativo propio.

 

Por Celso Giménez (La Tristura)

 

Carla, me hace mucha ilusión que con esta excusa podamos conversar un rato. Me estaba acordando ahora del día que nos conocimos en las aulas de los Teatros del Canal. Al minuto de saludarnos, en la puerta del ascensor, Violeta me dijo susurrando: «Es como si nos conociéramos de toda la vida, ¿no?» Y me reí porque creo que es verdad, siento que nos conocemos, pero si juntáramos todo el tiempo que hemos hablado cara a cara, creo que el montaje no llegaría a los quince minutos. Así que esto servirá también para conocernos un poco más.

Lo primero que quería preguntarte quizás es un poco obvio, pero me gustaría saber cómo lo estás viviendo. Trato de ponerme en tu lugar. Haces una primera película, una producción relativamente pequeña, y tiene un recorrido increíble. La ve muchísima gente, en muchos países, gana premios en todo el mundo. Podemos decir que han pasado muchas cosas alrededor de la película. Entre otras, que ahora hay gente esperando, gente que quiere ver qué ocurre, qué haces. Y creo que durante estos meses estás escribiendo un guión. Me pregunto cómo gestionas esas expectativas, propias y ajenas, esas emociones que en un momento dado pueden ser enemigas del arte, de la creación. ¿Tienes presentes estas cosas, te dan a veces un poco de dolor de cabeza, o en realidad no tanto?

 

Querido Celso, a mí también me hace mucha ilusión tener esta conversación contigo. Admiro tanto el trabajo de La Tristura que siento que esos escasos 15 minutos no fueron suficientes para intercambiar reflexiones sobre nuestros procesos creativos. Yo voy a contestar a tus preguntas pero espero que encontremos la manera de que un día tú contestes a las mías.

¿Que cómo lo estoy viviendo? Pues la verdad es que me cuesta ponerlo en palabras. Lo voy a intentar… Durante un tiempo, digamos año y pico, viví en una espiral de euforia sostenida, una emoción tan fuerte que a ratos me parecía que no cabía dentro de mí. Eso es el karma, pensaba yo, porque sufrí tanto haciendo esta película que me sentía sujeto de una justicia poética que intentaba equilibrar las angustias del rodaje con las alegrías de la recepción. Estaba, literalmente, en las nubes. Volaba de un sitio a otro. Antes de decir hola ya tenía que decir adiós. Lo viví muy rápido, intenso, caótico, aprendí cosas de mí que no conocía, decidí huir hacia adelante, todo el rato, aunque no tuviera tiempo de digerir nada.

Hasta que tanta emoción me agotó, el cuerpo me dijo “basta”. Una comida con mi familia o una cena con mis amigos se convirtió en un lujo demasiado escaso en mi vida. Y ahí me di cuenta de que tenía que parar, no solo por mí y por mi gente, si no también por mi trabajo. Era imposible crear algo con sentido desde este estado confuso y desordenado, desde este “en tránsito”, desde esta constante exposición.

Así que empecé a decir que no a todas las propuestas que recibía: de viajes, de proyectos, de festivales, de charlas… Tomé la decisión de seguir mi caminito, de buscar mis historias y no aceptar –de momento– dirigir las de otros. La necesidad imperiosa de volver a escribir me ayudó a conectarme conmigo misma, a entender qué era lo próximo que quería contar. Y para esto fue crucial ir a vivir unos meses a París para hacer la Residencia del Festival de Cannes. Ahí volví a encontrarme, volví a ser yo, mi agenda se desprogramó, y finalmente escribí, de verdad. Hace cuatro días que volví a mi casa, y el sol paradisíaco de Barcelona me dio la energía suficiente para continuar el proyecto desde aquí. Nos queda infinito trabajo por delante, pero siento que ahora ya estamos encarrilados.

El reto ha sido entender que yo soy de procesos creativos lentos, que necesito conectarme con el material que retrato, sentirlo, vivirlo, emocionarme, y esto requiere tiempo e introspección. Y sí, siento una presión abrumadora… El otro día soñé que había terminado una película que no recordaba haber rodado y que nadie había ido al cine a verla. Pero hay que convivir con esto. Cuando trabajamos se me olvida, me concentro, me entusiasmo, y sólo pienso en la película. No sé qué saldrá, pero lo que sé es que quiero contar esta historia, que está llena de retos con los que me apetece jugar. Al fin y al cabo, después de la película número uno, viene la número dos, son matemáticas.

 

Joder… Gracias por la respuesta Carla. Lo he podido visualizar muy bien. Siempre pienso que si comprendes bien lo que le pasa al otro tienes como vidas extra. De hecho entiendo que el cine, o el teatro, son básicamente eso, bolas extra.

Dices: Cuando trabajamos se me olvida, me concentro, me entusiasmo, y sólo pienso en la película.

Me siento muy reconocido. No quiero curar o tapar posibles dolores de la vida con la creación, pero un sentido es así, se segrega algo increíble cuando sientes que las cosas empiezan a fluir, empiezan a resonar o a crecer dentro de uno. A veces pienso que de alguna manera cubro mi ateísmo y mi falta de religión con esta sensación tan intensa de crear algo, de estar formando parte de un proceso que sublima, aunque sea un pelín, la pequeña existencia. 

Mira lo que dice Marina Garcés hoy, me ha apelado mucho cuando lo he leído:
 «Las condiciones de autoexplotación en el mundo de la cultura son algo importantísimo. De hecho, yo incluiría también al mundo de los activismos porque los activistas de todo tipo acabamos autoexplotados y quemados por unas dinámicas imposibles de conciliar con la vida. Pero este tema no se reduce solamente a qué condiciones laborales tiene cada uno. Son parte de unos ritmos de vidas que casi se podría decir que construimos por proyectos. Tenemos vidas en las que sumamos una dedicación a otras muchas y a cada una le transferimos el sentido de la siguiente. Estamos en un proyecto de vida para generar el siguiente y el siguiente y el siguiente. Vivimos como en una especie de fuga sin fin que muchas veces lo que hace es que perdamos el sentido de lo que estamos haciendo. Hablamos mucho de afectos, hacemos esta aproximación más feminista a nuestras prácticas tanto culturales como políticas y en cambio, nos autoinflingimos altos niveles de violencia. De ritmos de vida imposibles, de acción e incluso de deseo.»

Últimamente estoy pensando mucho en esto. Porque amo lo que hago y me da la vida. Pero puedo sentir a veces esa huida hacia adelante y me asusta. Cuando estudiaba escritura dramática en la escuela, con 19 años, recuerdo que pensaba que a un creador, salvo excepción, deberían permitirle 5 creaciones en una vida. No más. Que con eso daba tiempo a decir todo lo que alguien tenía que decir. Ahora me río de pensarlo, aunque se me hiela un poco la sonrisa, por si mi pequeño tirano adolescente tenía razón. Y lo enlazo con algo que comentas y que comparto, la sensación de ser de procesos creativos lentos. Desde aquí, desde hoy, ¿sientes que harás esto siempre? ¿Qué harás más de cinco películas en tu vida? ¿O creas sintiendo que esto es lo último que vas a hacer en tu vida?

Cuando volví de mi año de intercambio en California, con 20 y muy pocos, sabiendo que quería hacer cine, recuerdo que pensé que no necesitaba nada más en la vida, que de alguna manera había encontrado algo donde agarrarme, una religión, como tú dices. Pensé que por más rupturas amorosas o peleas familiares o movidas con amigos que sufriera, con el cine nunca iba a sentirme sola. Mentiría si dijera que ahora lo siento distinto… Aunque desde que me di cuenta de que mi cine y mi vida van de la mano, intento vivir más.

Es curioso porque últimamente he hablado mucho de esto con dos de mis amigas cineastas, Meritxell Colell y Elena López Riera, y llegamos siempre a la conclusión de que crear es un acto egoísta. Hay que aceptarlo. Creamos porque nos llena, porque lo necesitamos, porque da sentido a nuestras vidas, porque lo priorizamos, por delante de todo y de todos. ¿Eso es malo? No lo sé, pero no es fácil convivir con ello sin plantearte, muy a menudo, si compensa en tu día a día o en el día a día de la gente que te quiere. De todas maneras, aunque estas reflexiones llenen horas y horas de nuestras conversaciones, sé que en el fondo no hay otra opción. Yo no sería feliz si no tuviera la oportunidad de hacer mis películas, son una parte esencial de mi existencia. Y sí, a veces el arte complica nuestras relaciones pero peor sería acompañar a mi gente sintiéndome vacía.

Y bueno, luego está la repercusión del arte, lo que aporta a la gente, a la cultura de una sociedad… Creamos porque lo necesitamos pero siempre creamos para los otros, para mucha gente o para poca, pero para otros. Visto así, todo cobra sentido. Visto así, los miles de “gracias” que recibimos por “Estiu 1993” hacen del arte –en parte– un acto generoso, un acto que implica compartir.

Te cuento todo eso, supongo, para justificar lo que escribe Marina Garcés. El mundo de la cultura consiste en la auto-explotación, sí, nos exigimos, nos torturamos, sufrimos, nos prohibimos ciertos placeres para dedicar horas a nuestro arte. ¿Se puede hacer arte sin auto-explotarse? Yo me auto-exploto hasta el infinito. Pero no lo cambiaría, Celso, porque lo disfruto tanto… Y porque mi deseo de hacer cine es tan fuerte que me siento arrastrada por una energía invisible de la que no quiero soltarme.

Y ahí viene mi respuesta a tu pregunta: si algún día llega el momento en que no me tome cada proyecto como si me fuera la vida en ello, creo que mis películas dejarían de tener sentido. No es que sepa gestionar las emociones que esto implica, pero prefiero seguir sintiéndolo así de intenso, así de dulce y así de amargo.

A veces intento no olvidarme de que haciendo cine no salvamos vidas, haciendo cine jugamos e invitamos a otros a jugar. Eso me ayuda a quitar peso y trascendencia a cada cosa que hago, a meterle un poco de humor. Si algo no sale como lo visualizaba en mi cabeza (lo cual pasa siempre), no es un drama. Es suficiente que una película te permita hacer otra. Pero esto es muy fácil de decir y muy difícil de sentir.

 

No me vuelvo a enamorar (2): Carla Simón en Madrid

 

Mientras te leía pensaba que seguramente estoy haciendo estos diálogos también como algo egoísta. Básicamente intentando escuchar versiones distintas de cosas que me rondan, para sentirme acompañado en este proceso tan solitario que es la creación.

Yo me autoexploto hasta el infinito. Aunque últimamente tengo el firme deseo de aprender a vivir de otra manera. Aunque sea solo con pequeños detalles aquí y allá. Aprender a hacer cosas que mucha gente considera normales, como un viaje que no sea porque tenemos actuaciones, o porque quiero escribir. Es de locos hacer una vacaciones para salir de tu espacio de confort, pero es así. Por eso, aunque convivo mucho con esa dimensión egoísta de la creación, creo que la vivo de una manera tan bolchevique o fundamentalista, (aunque sea feliz y lo haga puramente por gozo) que un poco cuestiono, o matizo, esa sensación de egoísmo.

Viendo tu peli, y hablando contigo, pienso también que si hubiéramos tenido 30 años hace 25, crearíamos cosas completamente distintas. Que ese acabado, aparentemente amable o humanista de nuestros trabajos, no hubiera sido así en otras épocas. ¿Tú también sientes la necesidad de poner hoy lo humano, de nuevo, en el centro del acto expresivo o creativo?

 

Sí, para mí es crucial poner lo humano en el centro del acto expresivo. No creo que estemos, precisamente, en el momento más optimista de la historia de la humanidad. Esto el arte lo representa constantemente ofreciendo retratos duros, castigados y fatalistas de la sociedad de hoy en día. Y es necesario, como crítica, como reflexión, como aviso.

Supongo que mi cine no va por ahí por mi persistencia en creer en el ser humano. Mi visión optimista del mundo me lleva a que siempre encuentre algo de luz en aquello que retrato. Intento no ser naif: las personas somos complejas. Pero confío en aquellos pequeños gestos que los personajes hacen para comprenderse y acercarse los unos a los otros. Y esto pasa por creer en la empatía como herramienta de supervivencia, la empatía para, con y entre los seres humanos. Sin empatía, el mundo se acabaría. Sin empatía, el cine y el teatro dejarían de tener sentido.

De todas maneras, creo que cuando los artistas son honestos con su manera de ver el mundo e intentan retratarlo desde su prisma, su arte siempre desprende algo de humanidad, con más o menos luz, con más o menos oscuridad.

 

Sí, aunque sean palabras que pueden parecer un poco gastadas, creo que la empatía, como hablábamos antes con las «vidas extra», es una de las cualidades más increíbles del ser humano.

También es verdad que no es el mismo camino el del cine en las últimas décadas que el de las escénicas contemporáneas. Aunque haya líneas y aspectos que coincidan, he generalizado muy rápido. Los cánones de ambas disciplinas han sido bastante dispares en realidad. Espero pensarlo mejor para la próxima vez que hablemos. Una curiosidad por ver un poco la distancia entre los dos mundos, ¿conoces el trabajo de Angélica Liddell o Rodrigo García?

 

No conozco el trabajo de Angélica Liddell y Rodrigo García, nunca he tenido la oportunidad de verlo. Tengo que confesar que mi cultura en las artes escénicas es muy limitada. Ahora empiezo a ir más al teatro, por proximidad con el mundo de los actores. Pero estoy convencida de que el cine y las artes escénicas se acompañan, se cruzan, se nutren y se inspiran, por más que a mí me quede muchísimo por descubrir.

 

No te preocupes, es normal. Siempre me he preguntado cómo sería el cine de ahora si no pudiéramos ver cuando nos da la gana una película de Godard o de Cassavetes. Cómo sería el cine si los cineastas no hubiesen visto jamás a Antonioni, a Lucrecia Martel o prácticamente a nadie de la historia de tu propia disciplina. Así son las escénicas, es de locos.

Para terminar Carla, haciendo un homenaje a la Superpop, con la excusa de que no nos conocemos tanto, me gustaría que me dijeras así sin pensarlo mucho, una canción y una película. Y lo más raro que creas que te ha influido en tu forma de hacer cine.

Qué difícil lo de la canción y la película… Siempre me parece imposible escoger una, termino pensando en lo que más me esté influenciando en el presente. Hay una canción que escucho mucho últimamente justo antes de ponerme a escribir, se llama Tu hielo de Mártires del Compás. De alguna manera transmite la emoción que buscamos con el nuevo proyecto, me hace entrar en el mood. Y una película que descubrí hace poco y que creo que también va a ser una importante influencia es L’Albero degli zoccoli de Ermanno Olmi.

Y sobre algo que me haya influenciado en mi manera de hacer cine podría decir infinitas cosas, pero voy a escoger una que hacía muy a menudo cuando era pequeña: hacer figuras de barro. Me encantaba moldear con mis manos. Justo este fin de semana estuve en casa de mis padres y me quedé un rato observando la figurita de una mujer sentada que moldeé cuando tenía 10 o 11 años, imitando el estilo de Fernando Botero. Ahí la profesora nos enseñó que en vez de hacer las partes de la escultura y luego pegarlas, era mejor ir moldeando poco a poco la masa de barro, dándole la forma básica primero para luego pulirla y finalmente concentrarnos en los detalles. Haciendo cine a menudo me acuerdo de esto, de cómo hay que entender primero el corazón de la película, el centro, esa masa de barro con una forma que a priori solo comprendo yo. Y desde ahí se puede ir construyendo las partes que la integran en paralelo, haciéndola crecer hasta cuidar el último detalle.

Qué bueno lo de las figuras de barro, no me lo esperaba. ¿Viste el titular de la entrevista a Botero en El País de ayer mismo? «Soy el pintor vivo que más ha expuesto en el mundo. Hasta los niños chicos reconocen un Botero». Por lo que dices parece que esto ya era así hace 20 años… ¿Tienes una foto de esa escultura? Creo que sería bonito que estuviese en el artículo. 

Te escribo estas últimas palabras mientras suena Tu hielo que no conocía. Mil gracias, el principio ya me ha conquistado: «A Bambino. Por siempre, en nuestro corazón.»

 

Aquí van las fotos que me acaba de mandar mi madre de esta figurita de la que te hablaba. En mi mente está totalmente inspirada en Botero pero vete tú a saber. A lo mejor estaba inspirada en algo muy distinto y es mi memoria la que decidió esto. Tiene muchos años, yo debía estar en cuarto o quinto de EGB…

 

No me vuelvo a enamorar (2): Carla Simón en Madrid

Guau. Espero que en Godot sepan apreciar su belleza y le den cabida en este artículo, creo que claramente anticipan todo tu cine, ¡el que ha venido y el que vendrá!

Un abrazo grande Carla, me alegro de haber podido conocerte más.

Fue un gusto hablar contigo. ¡Espero que nos reencontremos muy pronto!

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