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Javier Lara “A los 40 todavía quedan heridas de la adolescencia por cerrar”

 

Junto a Fernando Delgado-Hierro, Javier Lara mezcla ficción y realidad a partir de un episodio que su propio hermano vivió en Londres y que casi le cuesta la vida. Creación muy personal, movida por un espíritu de investigación y de juego, en el que están también involucrados sus compañeros de la compañía Grumelot, Íñigo Rodríguez Claro y Carlota Gaviño, así como Carlos Aladro.

 

Por Álvaro Vicente / @AlvaroMajer

 

Scratch se estrenó en el Frinje de 2016 y dejó muy buen sabor de boca. ¿Por qué hemos tenido que esperar casi dos años para volver a verla?

Entramos en bucle con otros montajes, tanto yo como Fernando hemos estado liadísimos. También es cierto que desde el Frinje nos comentaron que a lo mejor podríamos ir a la sala pequeña del Español y estuvimos esperando, pero con el cambio de dirección aquello no fructificó, pese a que fue como una beca, que nos becaron a nosotros, a la compañía de Carolina África y a lo de Club Caníbal, Herederos del Ocaso, nos dieron un dinero y nos ayudaron a montarlo, y la idea era que ese dinero, que es dinero público, tuviera una repercusión en concepto de exhibición en sala, pero no pudo ser. Y ya luego, buscarnos la vida nosotros para sacarlo adelante, coincidiendo con que nos íbamos metiendo en otros proyectos… pues no nos daba la vida, esto es así. Y hemos estado buscando hueco y, al final, la manera que hemos encontrado es hacerlo como a la argentina, un día a la semana, y mantenerlo de momento los miércoles de marzo, abril y mayo.

 

Este es un proyecto muy personal, pero me gustaría saber de dónde nace, desde lo más profundo de tu ser: ¿tiene que ver con un exorcismo propio o a través de esa historia querías contar otra cosa?

Todo viene de un espectáculo mío anterior que se llama Mi pasado en B, que fue un ejercicio para mí de fantasmagoría, de traer a todos los personajes de mi familia y meterlos en mi cuerpo y yo solo enfrentarme con eso y hacer una autoficción, una obra de hechos reales. En el caso de Scratch, no es tanto lo que me había pasado a mí, sino algo que le había pasado a mi hermano, con lo cual la autoficción se distancia un poco, no es tan personal, aunque al final todo es personal y cada cosa se cuenta desde donde tú lo has vivido. La idea tampoco era contar lo que pasó y hacer un docudrama, sino aprovechar una situación que te toca cerca para construir una ficción. Y lo que nos salió fue la historia de un adolescente, una historia de superación, con la historia de mi hermano de fondo, que fue terrible, que le metieron 7 puñaladas en una calle de Londres y casi muere y eso le cambió totalmente la vida. Nos salió una especie de Trainspotting, de obra de adolescencia, de rito de paso hacia la madurez, como en un cuento. Todo eso muy mezclado con el rollo del techno, del dj, de la música electrónica, de su vida en Londres… Está todo montado como si fuera una ensoñación, un limbo de droga, noche y música.

 

Esa forma de contarlo te permite investigar en lenguajes teatrales diferentes…

Sí, totalmente. Mi pasado en B fue como un bululú de mi vida, un actor y espacios vacíos donde tú creas con tu cuerpo y con tu voz; en este caso nos pedía más investigar en la narración omnisciente, con mucho audiovisual, mucha música, investigar la relación de todo esto con el actor, la relación con lo tecnológico. Al final no deja de ser un juego, la pretensión de estos montajes no pasa por entrar en el mercado, ni epatar ni nada, simplemente es seguir con nuestra exploración en Grumelot, que a parte de lo que hacemos como actores o como compañía incluso en otros proyectos, aquí es permitirnos el juego, permitirnos la investigación, pero sin pretensión alguna.

 

 

De una investigación a veces salen resultados y a veces no, porque la propia investigación es el camino, pero ¿ha habido algún descubrimiento para ti como actor, algo que te hayas quedado para siempre?

Bueno, en tanto en cuanto que ya no era yo solo, a un nivel de producción ha sido interesante poder motivar a gente que trabaja contigo en algo que es personal, y hacer que para ellos sea también su trabajo. Eso por un lado, y luego, por otro lado, personalmente, enfrentarme a contar una historia como creador, que yo soy solo un actor en realidad. Yo aprendo mucho a entender cuando trabajo de prestado, cuando trabajo en otros montajes, cuando me piden algo yo lo que hago es interpretarlo y ponerme al servicio de lo que otros deciden, y aquí he tenido que tomar yo las decisiones que creo que más se adecúan a lo que es mi voz artística. En ese diálogo mejoras mucho como actor, entiendes mucho mejor a la otra parte, y te sientes mucho más libre creando, está clarísimo. Y ese era el gran reto de este proyecto.

 

¿Hasta dónde está la obra basada en esa historia real de tu hermano en Londres, qué peso tiene?

Está difuminado, no es tanto la historia personal como en Mi pasado en B, donde el juego, claramente, era te cuento mi historia personal y aquí y ahora yo la exorcizo. En Scratch esa línea está más difuminada, porque no me interesa tanto que el público lo reciba como algo que ha pasado, no quiero tocar la fibra en plan “mira lo que le pasó a su hermano, qué fuerte”, que no deja de estar, no se omite, pero no es el objetivo, queda un poco ambiguo, ¿pasó o no pasó? Hay cosas que pasaron, otras que no, otras que pasaron pero se cuentan de otra forma… esto es así cuando te metes en el terreno de la autoficción.

 

Bueno, lo decía Sergio Blanco, ¿no? A veces la autoficción tiene más ficción que la propia ficción…

Claro, yo creo que aquí me he distanciado más, es más importante el cómo que el qué.

 

En ese “cómo” entra Fernando Delgado en la ecuación, que da algo como actor muy sorprendente, porque pareciendo que no hace gran cosa, genera algo muy potente.

Fernando aporta mucho aquí, me da la vida en varios sentidos, primero porque es un actor amigo en el que yo confío plenamente, y que tiene un talento que te cagas. Y por otro lado, no se parece en nada a mi hermano, es más concreto, es menos andaluz, siéndolo, pero es muy fino en todo lo que hace. Construir algo en torno a una persona que no se parece en nada a la persona que inspira esta historia, acercarse a eso y los cambios que va teniendo a lo largo de la función, te aporta mucho, te sorprende, te saca de esa tozudez de lo que tú crees. Y luego yo le elegí a él básicamente porque además de ser actor, es creador también, no quería simplemente un actor obediente que estuviera a mis órdenes, sino que propusiera artísticamente opciones, que fuera un trabajo mutuo.

 

 

Han pasado casi dos años desde que se montó. En dos años pasan muchas cosas, vosotros no seréis los mismos, ¿cómo ha sido el reencuentro de vosotros con la propia función?

Hemos cambiado cosas, sí, porque efectivamente nosotros hemos cambiado, y porque la abordamos desde otro lugar. Y por otro lado, hemos revisado lo que hicimos y hemos ido más a lo concreto, hemos limpiado. Todo el caos que tenía la obra lo sigue teniendo, porque es su esencia, es una obra caótica y no queríamos que eso se perdiera, pero hemos ordenado mejor el caos y quitado lo que a nuestro juicio sobraba, y hemos aprovechado para meter algunas cosas que se quedaron fuera en principio, porque no dio tiempo a probarlas bien. La obra sigue estando viva, porque lo estamos nosotros, claro, y ahora está más concreta. El espacio ha cambiado también, es más off, le hemos quitado pretensión. Me gusta que la naturaleza del espectáculo sea off, porque en el Frinje tuvimos muchos medios técnicos y los aprovechamos, pero ahora en Nave 73 hay que ir a lo concreto y eso le va bien al espectáculo y a nosotros, para no perder de vista lo que es esto, lo que te decía antes, que es un juego para disfrutarlo y para investigar y sin la pretensión de ser el mega montaje del año. Eso nos quita presión y responsabilidad y facilita todo mucho.

 

Ese rito de paso del que hablabas, ese dejar atrás la adolescencia, ese viaje hacia la madurez… cada vez dura más, ¿no?

Mira, mi hermano no se dedica a esto, no tiene nada que ver con el teatro, de hecho no ha visto la obra, no la pudo ver la otra vez y vendrá a verla ahora, y yo le pasaba los textos y me decía: me encantan los textos y tal, pero este no soy yo, este eres tú, es tu movida. Y yo no lo he vivido así, fíjate, hay cosas que sí, que me remueven, pero lo que él me quería decir es que en realidad este es mi rito de paso, porque efectivamente todavía a los 40 quedan esas puertas, esas heridas sin cerrar de nuestra propia adolescencia. Y esta obra, al final, es como mi manera de ver este cambio. Y la inocencia con la que hacíamos las cosas antes, que agarrabas una idea y era lo que era, como cuando decíamos yo soy punki, yo soy heavy, y era así, inamovible… todas esas cosas, ahora con la distancia, te hacen ver lo auténtico que era eso y las preguntas que quedaron sin responder desde entonces. Y ahí siguen dando vueltas.

 

La adolescencia, tan lejos y tan cerca, que yo ahora con 42 miro a los adolescentes y sí, crees entender lo que les pasa, cómo sienten, pero por otro lado, qué lejos queda ya…

Bueno, yo no sé si es por esta obra, y quizás por eso la escribí, pero últimamente me identifico mucho con ellos, el mundo adolescente me atrae mucho, desde la madurez todavía se sigue siendo adolescente en un punto, aunque sabes que no lo eres. Igual dentro de 10 años eso ya no me preocupa tanto y me da por otra cosa, pero ahora, la cuestión de los adolescentes me toca mucho. Ahora que he estado haciendo La ternura con Sanzol, fíjate, me siento muy identificado haciendo al leñador azul, que es un adolescente, que no conoce el amor… Todo eso está ahí, la eterna pelea con el padre, la eterna búsqueda del amor, los descubrimientos.

 

Cuando la ingenuidad te permite descubrir las cosas con esa pureza, es fantástico.

José Ramón Fernández me decía: qué suerte tienes, que no te has leído todavía Las tres hermanas.

 

Bueno, pues mucha gente va a tener la suerte de ver por primera vez Scratch, que tampoco está mal.

No, jajajaja… nuestra intención y nuestro objetivo, al retomarlo, es volver al espíritu ese de mucho riesgo pero cero responsabilidad, que sea un espacio de investigación día a día, real, y que podamos transmitir que eso que estamos haciendo lo hacemos porque nos divierte. Eso es primordial ahora.

 

Pues nada, ¡a divertirse! 

 

SCRATCH. Nave73. A partir del 7 de marzo

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