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‘Islandia’ en el Teatro María Guerrero

Los orígenes de la crisis

 

 

Lluïsa Cunillé, con su habitual lucidez, disecciona hasta el tuétano esta crisis grotesca que sigue mermando nuestro avance social

 

 

Por Aída Pallarés

 

 

“…podría decirse que yo también brindé por la futura bancarrota del país”

Islàndia, Lluïsa Cunillé

 

 

Año 2008. La palabra crisis comienza a copar páginas y titulares. España entra en recesión y, un poco más al norte, en Islandia, estalla una crisis sin precedentes. Los bancos se hunden, la tasa de paro se triplica en poco más de seis meses y mucha gente pierde sus ahorros. El origen, tal y como explica el documental Inside Job (Charles Ferguson, 2010) lo encontramos en la liberalización y financiación de la economía, en el efecto dominó provocado por la caída de la bolsa norteamericana.

 

Un año más tarde, y contradiciendo todas las excusas que a menudo se ponían cuando se justificaba por qué el teatro catalán apenas reflexionaba sobre la crisis, escribió Islandia por encargo del entonces director del Teatre Lliure Àlex Rigola. Por una cuestión de presupuestos, finalmente no se montó.

 

 

Islandia y la Cunillé

Xavier Albertí, convencido de que se trataba de una de las grandes obras de su autora, la rescató y la montó para el Teatre Nacional de Catalunya. Lluïsa Cunillé es una dramaturga que, como bien recuerda Manuel Pérez en la revista Caràcters, “siempre se ha mantenido fiel a un ecosistema alternativo de salas pequeñas, fuera de los focos de los grandes bulevares. Sin concesiones al mercantilismo ni a los trabajos subsidiarios de la profesión, la independencia creativa de su universo ha sabido driblar las modas pasajeras y los cantos de sirena de una fama que siempre ha tratado de esquivar”.

 

Desde principios de los noventa, el teatro de Cunillé ha sufrido saltos, piruetas y metamorfosis creativas que le han permitido escapar a ciertas etiquetas y crear un universo único, inconfundiblemente suyo. Cunillelandia. Un universo con dos etapas bien diferenciadas: antes y después de 2001. Antes encontramos, según el propio Albertí, una primera escritura mucho más centrada en el lenguaje y sus funciones, el silencio, la ausencia de palabras… Después, una segunda etapa que gira en torno a los personajes. “La autora deja de ser tan radical con su punto de vista ideológico y entrega al espectador una partitura más compleja y heterogénea. Los personajes tienen más autonomía”, apunta el director.

 

Además, a partir del estallido de la crisis, el teatro de Cunillé se vuelve mucho más político. Obras como El burdel o La calle Franklin, por citar solo dos ejemplos, tienen una vertiente de cinismo, ironía y defensa contra la tiranía de los poderes políticos.

 

Islancia se inscribe, evidentemente, en esta segunda etapa. La obra nos cuenta la historia de un adolescente islandés que emprende un peregrinaje iniciático hasta Nueva York, en busca de su madre. “Cuando las autoridades nos dicen que estamos en crisis -explica Albertí- y que hay que recortar derechos, nos lo tragamos. Como estamos en crisis, consentimos recortes en sanidad, en educación, en cultura, en todo. Porque es que, de lo contrario, podemos perder los ahorros o las propiedades. Eso en el teatro se suele contar de dos formas: o bien se explican los funcionamientos y las mecánicas de los grandes poderes o se hace una obra desde la repercusión en las personas”.

 

Cunillé, en un ataque de lucidez y abstracción admirable, decidió elegir este segundo camino y, antes de hacer un discurso didáctico o panfletario, colocar al espectador en un ámbito de responsabilidades personales: delante de esto, ¿qué hacemos? ¿Qué relación tenemos con los grandes poderes fácticos y qué consecuencias tienen? Islandia, como apunta Albertí, habla de personas concretas con problemáticas concretas que, a la vez, sirven de gran paráfrasis para entender las dinámicas mundiales.

 

La autora, de hecho, desdobla el personaje principal -una revisión de la figura del ‘flâneur’- en su alter ego juvenil y lo envía a Wall Street: el origen de los problemas financieros de todo el mundo. Un descenso a los infiernos, al neocapitalismo más salvaje. Y así, de una y sin hacer ruido, convierte Islandia en una disección brutal de lo más profundo de este circo grotesco que ciega nuestra sociedad. Una obra, desgracidamente, de perpetua actualidad.

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