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El tratamiento. Realidad + Ficción = Infinito

El Tratamiento, la nueva pieza de la compañía La Abducción, coproducida con el Pavón Kamikaze, quiere ser una reflexión sobre el paso del tiempo y la voluntad de conjurarlo mediante la ficción, en una historia escrita y dirigida por Pablo Remón y protagonizada por un guionista de cine. Una ficción sobre la ficción con los actores habituales de la casa, Ana Alonso, Fran Reyes y Emilio Tomé, a los que se unen esta vez Bárbara Lennie y Francesco Carril.

 

 

Por Álvaro Vicente / @AlvaroMajer

 

Fotos: Vanessa Rabade

 

 

Con la palabra tratamiento nombramos varias cosas. Es lo que tiene la polisemia del español. Pablo Remón, guionista, dramaturgo y director de escena, ha tratado ampliamente con la profesión que desempeña y ha querido re-tratarla en esta obra, El tratamiento. Se trata de hablar de alguien que, como él, ha estado en tratos con la industria del cine (su último trabajo para el séptimo arte ha sido el guión de la muy premiada No sé decir adiós, ópera prima de Lino Escalera). Y tratar con la industria del cine muchas veces conlleva que un médico de cabecera o un psiquiatra te acabe recetando un determinado tratamiento, por el estrés. Porque te pasas la vida fabulando, imaginando, tratando de cerrar un trato y que una productora te “compre” un tratamiento, que es ese boceto secuenciado de una película que los guionistas pasean bajo el brazo y bajo el bazo (a veces tanta negativa duele como un puñetazo en el mismo) a la espera de que algún día la ficción se haga realidad.

 

¿Homenaje a los guionistas? ¿Auto homenaje? “Auto homenaje es mucho decir”, contesta Remón. “Desde luego esta es una profesión que conozco, porque la ejerzo, y lo que uno escribe intenta que le retrate, no tanto en lo autobiográfico, sino en el espíritu. Y esta obra, de todas las que he escrito, es la que más me retrata, no solo por ser guionista, sino porque trata mucho de por qué nos dedicamos a contar historias y qué historias contamos”. Una obra que convierte en ficción el trabajo de ficcionar, teatro que mete las narices en los entresijos del cine. Pero no es una obra sobre cine. “No”, dice, tajante, Remón. “Martín, el protagonista, es un guionista de cine y quiere hacer una película. Pero el tratamiento del título no solo está referido al término que se aplica al cine. También está el tratamiento anti estrés que se da Martín en un balneario y luego hay un nivel de la palabra tratamiento que tiene que ver con para qué utilizamos la ficción: la ficción y el hecho de contar historias como tratamiento para el paso del tiempo. Al final, el hecho de contar historias, ficcionar, inventar, sea en cine o en teatro, en realidad es la manera que tenemos de conocer el mundo y relacionarnos con el exterior. La primera historia que contamos siempre es la nuestra”. 

 

 

Sobreabundancia de ficción

En la era de HBO y Netflix, en plena fiebre de las series, los guionistas tienen más posibilidades pero también mucha más competencia, y es necesario quebrarse la sesera hasta dar con la historia que se pueda poner a la altura de los grandes títulos, pocos, que terminan pasando a la historia. Y luego está el teatro. Remón se hace una serie de preguntas al hilo de esta borrachera de ficción: “¿Qué sentido tiene seguir contando historias? ¿Cómo contar historias que no sean un mero regurgitar lo ya visto? ¿Qué sentido tiene seguir haciendo teatro? ¿Cómo competir con la capacidad del cine y de las series para producir ficción?”

 

Nuestro pasado está irremediablemente ficcionado. Y cada vez más nuestro presente. Además del aluvión de ficciones audiovisuales, convivimos con la exhibición constante de las vidas en las redes sociales, que sin ser consciente muchas veces, usa mecanismos de ficción para contar el día a día. La línea entre realidad y ficción es cada vez más difusa y eso incluso se aprovecha para poner en liza determinados derechos y libertades, pero ese es otro tema. “Esa línea entre realidad y ficción siempre ha sido muy difusa para mí. En la obra hay una línea muy borrosa entre realidad, ficción y recuerdo, se equipara el recuerdo a la ficción. Lo que uno recuerda, lo que uno inventa, lo que uno sueña… todo parte de lo mismo”.

 

 

 

El planeta Guionista y sus satélites

Lo que pone en escena El tratamiento, como decíamos, es la historia de Martín (fantástico, una vez más, Francesco Carril), un guionista de cine frustrado que trabaja dando clases de guión y hace mucho que solo escribe telepromociones para vender electrodomésticos. También es el retrato de varios personajes que orbitan a su alrededor. Algunos comparten ese deseo de escribir; otros forman o han formado parte de la vida, sentimental o profesional, de Martín.

 

Construida en tres partes o capítulos (El futuro del cine español, El hundimiento del Titanic y Cartas desde el mar Egeo), se hace ese retrato coral a modo de álbum de fotos y vemos lo que fueron, lo que querrían haber sido y lo que son. Es como una obra de obras, una ficción teatral que trata de responder a la pregunta que Remón se hacía más arriba, la de cómo puede competir el teatro con el audiovisual, cómo utilizar estructuras narrativas tan ambiciosas a favor de un teatro contemporáneo. “Esta obra se alimenta de todo eso para tratar de actualizar una idea de teatro y ganar para este medio todo eso que tanto nos gusta de las series, en el sentido de que tú pasas por muchos espacios, muchas historias, muchos personajes. Esto no es tan común en el teatro, pero se puede hacer”.

 

 

En clave de comedia

Uno piensa que un trabajo así debe ser un bombón para un guionista, un divertimento, pero nada más lejos de la realidad. “Lo pasas bien, sí, pero lo pasas mal también”, contesta Remón. “No lo calificaría de divertimento precisamente. Es una estructura que yo necesitaba para contar distintas facetas de este personaje. Conocemos a ese personaje cuando conocemos también su pasado, lo que inventa, lo que desea, todo lo que le rodea”. Pero, ¿qué es antes, el huevo o la gallina? ¿El personaje o la estructura? “La estructura está, pero es invisible, tú ves la obra y no es algo que te llame la atención. Simplemente estás siguiendo una historia donde todo está trenzado”.

 

Martín, tal y como lo define su creador, es un ‘frankenstein’, hecho de lo que uno mismo es y de lo que ha vivido y conocido. Un personaje empeñado en hacer una película, mientras se enfrenta a sus alumnos, a la psicóloga, a su pareja, a una productora, a un director… “Todos los actores, salvo Francesco, hacen varios personajes, pero sobre todo tienen dos, uno que pertenece a la vida profesional de Martín y otro a la esfera privada.” Y todo con un tratamiento -otra vez la polisemia- cómico. El humor siempre ha estado presente en las obras de Remón, pero si en La abducción de Luis Guzmán o en 40 años de paz tenía un regusto amargo al final, aquí parece que la vocación cómica es más positiva. “Me gustaría que fuera mi obra más amable desde esta perspectiva, porque el humor es muy importante para contar y para entender esta historia. Pero no es una comedia negra. Quiere ser celebratoria, quiere celebrar que, pese a todo, queramos seguir contando historias. Inventarte otra obra más, con otros personajes, parece algo ya muy polucionado, como un ecosistema saturado donde ya no caben más cosas, y esta obra quiere decirlo claro: sí, tiene sentido. Tiene sentido porque la historia que tú cuentas es solo tuya y si no la cuentas tú no la va a contar nadie. Todos tenemos al menos una historia que contar y si no la cuentas se queda por ahí, en el limbo. No acaba de nacer”. Se queda en ese no lugar donde van a parar tantos tratamientos fallidos.

 

Francesco Carril, Ana Alonso, Pablo Remón, Francisco Reyes, Emilio Tomé y Bárbara Lennie

 

 

Lo que cuesta hacer una película

Una obra como esta invita a reflexionar, irremediablemente, sobre los tiempos del cine, sobre lo que cuesta hacer una película, no sólo en España, y como el guionista es uno de los elementos de esta ecuación que más sufre en el camino. “Martín es un tipo empeñado en hacer una película, su deseo es más fuerte que él. Pero hacer una película en España es complicado, muy complicado, son tiempos largos y el guionista muchas veces lo vive como el que más, porque al montador, por ejemplo, lo llaman cuando la peli ya está rodada, pero el guionista suele estar desde el principio del proceso. En la última película en la que yo he trabajado como guionista, No sé decir adiós, se ha tardado 8 años desde que se empezó la preproducción hasta que se estrenó (ocurrió lo mismo con otra cinta triunfadora el pasado año, Tarde para la ira, de Raúl Arévalo). En todo ese tiempo tú no trabajas en la película, obviamente, y te vas convirtiendo en otro, porque la vida va pasando. Cuando llega la hora de rodar, la historia ya es como algo extraño a ti, algo lejano”.

 

En la meca del cine tampoco es muy distinto. Allí escribir guiones, como dice Remón, es como jugar a la lotería. Quizás uno de cada mil guiones se termina rodando finalmente. “Cuando uno escribe un guión lo que hace al final es como soñar una película, lanzar una botella al mar con la esperanza de que alguien la reciba”. Así es que, los guionistas, se convierten en expertos en gestionar la frustración. “Bueno, eso no es patrimonio exclusivo de los guionistas. Desgraciadamente, ocurre en otras mil profesiones más”.

 

EL TRATAMIENTO

El Pavón Teatro Kamikaze.

Del 14 de marzo al 8 de abril.

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