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Sabina Urraca

Cuando desperté, la niña todavía estaba allí

Por Álvaro Vicente / @AlvaroMajer

 

Cuando agosto se me escurría entre los dedos y la sensación vacacional hacía las maletas, acabé también con el único libro que (junto con una biografía de Perico Delgado de hace 20 años) he logrado terminar este verano: Las niñas prodigio, editado en Fulgencio Pimentel. Conocí a su autora, a Sabina Urraca, a partir del famoso affaire del Blablacar y Álvaro de Marichalar. Bueno, a ella no la conocí personalmente, conocí su afilada escritura de artículo digital multilike. Y luego vi que era eso que llaman persona-activa-en-redes-sociales y que compartíamos algún amigo de facebook. Y después empecé a ver su nombre, siempre junto al del colega común Sergio Fanjul, en artículos que hablan de la literatura que se hace en facebook. 

 

Hay algo de enigma en ella misma, en todo lo que dice y postea. De ahí el impulso y las ganas de leer su primera novela, sea o no canónica. Poco importa cuánto tenga de autobiográfica o de fábula sobre sí misma. Soy amante de Angélica Liddell y con eso está todo dicho. Elevar a la categoría de arte -literario en este caso- las pulsiones propias está al alcance de muy pocas. Solo sostener el libro en mis manos, mirarlo y reconocer algo en el objeto como de Círculo de Lectores, me conectó ya con el fantasma de mi niño interior, más fantasmal a medida que uno se hace mayor.

 

No tengo la capacidad ni la habilidad para la literatura comparada, por eso esto, más que una reseña, es un vomitillo de sensaciones. El prodigio de la niña Sabina está en su querencia por vivirlo todo a toda costa, casi desde que nació. Las razones ellas las sabrá. Nosotros disfrutamos, a veces dolientes, de los resultados. “Tengo treinta y un años -escribe en la primera página del libro-. No he parido nunca y no sé si lo voy a hacer, pero aun así quiero verlo. He nacido en el sistema capitalista. Quiero tenerlo todo, verlo todo, vivirlo todo. No puedo perderme nada”. Encima, va y decide compartirlo expresado a través de su prosa tranquila, nada abrupta. Lo perturbador está en la extracción de petróleo en la que se convierte cada una de sus relaciones, cada una de sus aventuras, cada una de sus frustraciones, cada una de sus obsesiones. Capaz de provocarse heridas y miedos extremos, siempre asomada a un abismo mortal para seguir viviendo -cuánto de Angélica también en esto-, demuestra que cualquier vida, por común que sea, encierra el misterio de la literatura.

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