Nada más empezar la obra, le dice Yerma a Juan, su marido: “Cuando nos casamos eras otro. Ahora tienes la cara blanca como si no te diera en ella el sol. A mí me gustaría que fueras al río y nadaras, y que te subieras al tejado cuando la lluvia cala nuestra vivienda. Veinticuatro meses llevamos casados y tú cada vez más triste, más enjuto, como si crecieras al revés”. Él le contesta: “¿Has terminado?” Yerma es una campesina frustrada por no poder concebir hijos con Juan, un hombre con el que se casó como consecuencia de un matrimonio pactado por conveniencia y no por derivaciones del amor. A partir de esa situación que, sin duda, preocupa, angustia y llena de impotencia a cualquier mujer que ve impedido su deseo de ser madre, Lorca aborda la temática de la esterilidad y los efectos negativos que tiene ese problema en la realidad femenina.
Escrita en 1934, Yerma conforma, junto a La casa de Bernarda Alba y Bodas de sangre, un tríptico trágico con el que Lorca explora la relación de lo femenino con el mundo y la cultura de la España de los años treinta, una España rural y analfabeta, cristiana y recia, que intenta despertar a la contemporaneidad gracias a los impulsos de la Segunda República. Desgraciadamente, un señor bajito con muy mala leche y preñado de complejos cortó por lo sano y nos sumió de nuevo en la oscuridad. Y ahí seguimos, parece ser… Con lo que las obras de Lorca, Yerma entre ellas, siguen hablándonos hoy, con su altura poética, con su inconfundible aroma de gran teatro, de arte imperecedero, de lo que una humanidad bien entendida puede depararnos. Así lo expresa Miguel Narros, el octogenario director: “Yerma mantiene una actualísima vigencia, tanto en lo que se refiere al conflicto que plantea como a su concepción dramática. La Yerma de este montaje supone una vuelta al principio, a la Yerma más desnuda, a la esencia de la obra: el drama de una mujer que cree que ha nacido fértil y no logra ser madre. Y también el drama de la tierra en que vive, en la Andalucía más árida, mal repartida y mal cultivada, que tiene que soportar largos periodos de sequía.”
La actriz Silvia Marsó da vida aquí a Yerma, a una mujer que no sólo busca tener una descendencia para satisfacer un deseo personal, sino que también es una víctima de la sociedad del siglo XX, para la cual las mujeres tenían la obligación de encargarse de las tareas domésticas y cumplir con sus compromisos femeninos, donde la maternidad era un requisito indispensable. Con el tiempo, este deber impuesto por las normas sociales termina por arruinar la vida de la protagonista, que no deja de luchar contra su realidad y reacciona frente a ello de forma conflictiva, hasta el punto de cometer acciones que nunca hubiera creído capaz de llevar adelante. “Yerma es una obra esencialmente femenina”, sentencia Narros, “un canto a la maternidad y un llanto por la maternidad”.
Subido el 04 febrero 2013 por AVP
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