¿Hasta qué punto teníais conocimiento vosotros de la figura de María Moliner, más allá de lo que sabemos todos sobre su diccionario?
VICKY PEÑA. Nada. Ni me había parado a pensar en quién había escrito ese diccionario ni en qué circunstancias ni en qué términos lo planteó… nada de nada. Me he llevado una gran sorpresa al leer su biografía, ver que era una mujer tan culta y su empeño en culturizar con el Plan Nacional de Bibliotecas que diseñó para el gobierno de la II República. Y luego todo lo que vino después. Ha sido un gran descubrimiento que nunca dejaré de agradecerle a Manuel Calzada.
HELIO PEDREGAL. Yo tenía la idea que tiene mucha gente, que escribió un diccionario que adquirió gran prestigio tras ser publicado, pero gran prestigio en un sector minoritario, porque casi es un diccionario de uso para profesionales. Con lo cual, esto me parece un acto de justicia.
Como actores que sois, que debéis masticar muy bien las palabras que tenéis que decir en escena, ¿sois habituales usuarios del diccionario?
HP. Yo lo he usado circunstancialmente, en alguna ocasión que me he enfrentado a un texto delicado o complejo, o conflictivo. Pero no ha sido regularmente. A partir de ahora quizá lo use más, porque estoy intentando conseguir un ejemplar de la primera edición, aunque está descatalogada, ya veremos si lo consigo.
VP. Yo sí he usado mucho el diccionario de María Moliner, pero no por textos teatrales, sino porque me gustan mucho los diccionarios de siempre, me hacen mucha gracia. Yo tengo la segunda edición y últimamente lo que hago es que me cojo los dos, el de la RAE y el María Moliner, y los matices diferentes los paladeo con mucho gusto.
¿Creéis que María Moliner era consciente de la magnitud de lo que hizo?
VP. Ciertamente fue una empresa quijotesca y desde el momento que vio que tenía que enmendar de alguna manera al diccionario de la RAE, que era su antagonista, por decirlo de algún modo, sí que tuvo que investirse de cierto aplomo, porque aquello era muy serio y ella lo sabía. Lo que no sé si fue consciente, que creo que no, es de la trascendencia que tendría luego aquello.
HP. A mí me parece que, conociendo lo que conocemos ahora y viendo el proceso que ella siguió para escribir el diccionario, parece que su determinación era absoluta, definitiva y comprometida. No olvidemos que ella era una mujer republicana en tiempos de dictadura franquista, con la de problemas que eso podía acarrearle. Y de hecho los tuvo. Yo creo que hay un principio de actitud política en ella y en su propósito de escribir este diccionario.
Precisamente se cita en la obra la frase que precedía el Plan Nacional de Bibliotecas que también redactó: “Sin la cultura no hay posibilidad de liberación”. Suena increíblemente actual…
HP. Hay una transferencia directa a nuestros días, sin duda. En esta función hay una profunda reflexión sobre el idioma que nos sirve a los españoles para comunicarnos, pero también está la historia de una mujer en un mundo absolutamente masculino y cerrado, totalmente hostil hacia sus planteamientos. Esa es la lección, la de una mujer que persevera hasta finalizar su proyecto. Y ahora nos está pasando, con esta depresión social que estamos viviendo, que muchas personas nos amilanamos y de pronto perdemos esa energía que es necesaria para hacer las cosas como creemos que han de hacerse.
VP. Ella era alguien que creía firmemente en que la cultura y los libros son una ventana al interior y al exterior, que ahí el individuo crece mucho, y ella creía en individuos crecidos, enteros. Esta es una realidad que cercenó la Guerra Civil y la Dictadura posterior y en ella creo que hubo un acto de rebelión silente, callado, pero firme. Esa preocupación por la cultura que tuvo siempre entronca con lo que está pasando ahora. Aunque ahora es peor, ¿eh? No sólo es que haya interés para que no haya individuos enteros con capacidad para valorar, con criterio, sino que hay una perversa homologación entre cultura, entretenimiento, diversión, lujo y banalidad que a mí me tiene muy indignada.
¿Cómo has hecho, Vicky, para meterte en la piel de María Moliner? ¿Ha sido un ejercicio mimético o más libre?
VP. Hay un cierto acercamiento en la caracterización física, pero muy leve, no se trataba de hacer una foto de María Moliner. Por lo demás, abordo todos mis trabajos intentando entender las razones del personaje y sirviéndolo desde dentro con mi comprensión. Parto del texto, porque si el texto no me interesa, ni me meto a hacerlo, y en este caso el texto me fascinó, tanto por la figura de María Moliner como por la construcción y deconstrucción de palabras que usa para explicar la realidad.
¿Qué exige ese texto para la puesta en escena?
HP. No es una obra estructurada de una forma, digamos, convencional. Hay un eje dramático clave que son los encuentros entre María Moliner y su médico, que interpreto yo, pero luego hay saltos de tiempo hacia delante y hacia atrás y de lugar. La puesta en escena es un poco el hilo conductor de las situaciones complejas por las que pasa el personaje.
VP. Por otro lado, hay una presencia clara de las palabras. De algún modo, la función está sustentada en el imaginario, en algo no realista, en la memoria y la no memoria, en el recuerdo… y eso es difícil de poner en escena. Por eso aquí, determinados elementos adquieren un gran valor como eje totémico. Es complejo, pero está quedando muy bien, muy limpio y muy poético.
HP. A mí me parece una gran oportunidad, en definitiva, para denunciar también -y esto me parece algo muy valioso de esta obra- que el uso del idioma se está deteriorando de forma alarmante, que a veces, desde los medios de comunicación, se hace un trato vejatorio del lenguaje. Y aquí está esta mujer, María Moliner, que luchó por darle el valor que tiene a nuestra principal herramienta de comunicación.
Subido el 26 noviembre 2012 por AVP
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diciembre 3rd, 2012 at 11:00
La María Moliner que ha creado Manuel Calzada Pérez es un ser carismático, de una tenacidad hercúlea y profundamente culta; es una mujer que, a pesar de ser consciente de la importancia de su ingente labor, se muestra ajena a cualquier tipo de presunción o encumbramiento. Más al contrario, su fino sentido del humor y su bondad espontánea hacen que la sólida intelectual que es resulte cercana y entrañable. Además de su titánica empresa es un ama de casa que domina el ámbito doméstico: Combina el zurcido de calcetines y la preparación de paellas familiares con la extraordinaria tarea de ordenar y explicar los vocablos que componen la lengua española. Y en en el ámbito más personal es una mujer inteligentísima que, gracias a esta lucidez e intuición, ha sabido encontrar el camino a la felicidad ahí donde todo auguraba un destino profundamente amargo. Su talento le ha permitido ser libre donde todos los demás nos hubiéramos sentido esclavos.
Gracias a Manuel Calzada Pérez este personaje notabilísimo, de ejemplaridad más que necesaria, no ha quedado sumido en las tinieblas de la Historia para el gran público sino que ha tenido la tardía pero justísima rehabilitación que merecía ella y que precisamos todos los españoles.
Vicky Peña, como si de una médium se tratara, desaparece totalmente al ser su cuerpo ocupado por el espíritu de esta María Moliner rediviva. No quedando rastro alguno de la actriz, el público emocionado sólo es capaz de ver al personaje. Helio Pedregal y Lander Iglesias, también absolutamente afortunados en sus papeles, completan este magnífico trío de actores en cuya maestría interpretativa se evidencia el gran trabajo de dirección de José Carlos Plaza. La escenografía fuertemente simbólica que ha creado Francisco Leal es otro de los aciertos que ha hecho que se pueda decir, sin temor a caer en ningún tipo de exageración, que este montaje es un trabajo redondo que merece la mayor atención y el apoyo unánime del público.
¡Gracias por este teatro que enseña tanto, que emociona tan profundamente y que, sin duda, nos hace mejores!.