Shirley Valentine, un solo de Verónica Forqué

La Forqué es uno de esos tótems de la escena española. Es de las que ya sólo hace grandes personajes que pasan a la memoria colectiva. Ahora vuelve a hacerlo con Shirley Valentine

Escrita en 1986 por Willy Russell, la versión española de esta comedia ha sido realizada por Nacho Artime. La obra de Rusell ha resultado siempre un gran éxito en sus adaptaciones obteniendo varios Premios Olivier, Premio Tony o Drama Desk en teatro. En cine también obtuvo nominaciones a los Globos de Oro y los Oscar. Ahora, en su versión española, es la actriz Verónica Forqué la que da vida al único personaje en este monólogo, una mujer que se casó por amor, pero a la que su marido le salió machista, maniático y egoísta. Una mujer que en el camino de criar a sus hijos y de soportar estoicamente las brusquedades de su esposo se le escapó el amor y la vida. Frustrada por los convencionalismos sociales, a través de un ingenioso recurso teatral vamos conociendo su mundo y su realidad con una especie de confesiones que va compartiendo en total complicidad con el público y con la pared de su cocina. Manuel Iborra, director de la serie televisiva Pepa y Pepe, en la que participaba la actriz, dirige este montaje que ya ha girado por varias plazas españolas.

Teatro Maravillas. Desde el 11 de agosto al 16 de septiembre

Subido el 17 agosto 2012 por AVP

1 Comments For This Post

  1. Miguel Says:

    “Shirley Valentine” de Willy Russel Dirección de Manuel Iborra y adaptación de Nacho Artime. Teatro Maravillas
    Vuelve con gran fortuna a Madrid esta obra que ya estuvo en cartel en el Teatro Bellas Artes en 1992 protagonizada en aquella ocasión por Esperanza Roy, versión de Concha Alonso y con dirección de Javier Aguirre.
    La obra fue un encargo del Everyman Theatre de Liverpool a Willy Russel estrenada en 1986. A partir de ahí pasó al West End Londinense, en 1989 se haría la película protagonizada por Pauline Collins que también sería la actriz encargada de encarnar a Shirley en el estreno en Broadway en 1990.
    Si uno va a ver este monólogo sin conocer la obra o bien por la película o por otra versión teatral, como era mi caso, es posible que la primera impresión que se lleve al ver la escenografía, vestuario y primeras frases de Verónica Forqué sea la de que va a asistir a un trabajo de corte costumbrista cuyo contenido posiblemente ha quedado un poco anticuado. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que la obra se desarrolla en un espacio geográfico concreto, en un barrio de clase trabajadora de Liverpool en la década de los ochenta, pero los problemas a los que se enfrenta Shirley son universales: la soledad acompañada, la monotonía que toma el control de nuestra existencia, el bloqueo que nos impide escapar de esa situación, la sensación de que estamos desperdiciando el tiempo con la única vía de escape de soñar que tal vez algún día pase algo que nos saque de esa dinámica de infelicidad y astenia vital.
    Por eso, mucho más que los chascarrillos, por muy simpáticos que estos sean, como el del desconocimiento de la existencia del clítoris, yo creo que el verdadero valor de la obra está en las reflexiones de Shirley, quien a fuerza de hablar con la pared, estupenda metáfora de la soledad, ha pasado de la ingenuidad acomodaticia, del dejarse llevar a una sabia actitud de rebeldía ante una vida gris llena de insatisfacciones. Shirley va a sufrir una metamorfosis, es una oruga que va a transformarse en mariposa y va a volar y en ese proceso nos va a enseñar lecciones como la importancia de la imagen de nosotros mismos que proyectamos al resto o la necesidad de la autonomía para el crecimiento personal, al fin y al cabo la mariposa se hace mariposa por sí misma, sin que nadie le ayude a salir de la crisálida.
    No se podría haber pensado en nadie mejor que Verónica Forqué para este viaje (físico y simbólico). La Forqué se ha encarnado en Shirley y la ha hecho suya. Controla absolutamente cada estado de ánimo que contagia a los espectadores con total facilidad, desde la vulnerabilidad al sentido del humor, su vía de escape, desde la reflexión melancólica a la ensoñación esperanzada. Desde la privilegiada posición que le da el dominio del papel y del personaje hace lo que quiere con el público, con un movimiento de ojos nos hace reír, con un silencio emocionar. Siempre cómplice, sabe que está hablando de emociones que muchos en el patio de butacas vamos a entender, si no a compartir. Encantadora en todo momento interpreta con la cercanía de una amiga que nos está contando sus tribulaciones, se muestra cómoda y cómplice sincerándose con nosotros y compartiendo con el público las divertidísimas anécdotas que le van ocurriendo durante la obra.
    En resumen, un gran acierto en la adaptación de la obra, una magnífica dirección por parte de Manuel Iborra que ha acertado totalmente sabiendo cuándo subrayar un gesto o una palabra para reforzar el sentido texto y una interpretación maravillosa de esta actriz tan querida por el público. Realmente si se quiere pasar un rato divertido pero, además, enriquecido con muy buena y sana reflexión no se debería dejar pasar esta obra.

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