El director del momento, Miguel del Arco, estrena su versión del gran texto de Nikolái Gógol en un montaje en el que dirige un amplio elenco encabezado por Gonzalo de Castro y Fernando Albizu.
Los montajes de Miguel del Arco siempre han tenido momentos distendidos, momentos para la risa (unos más que otros). Aquí, definitivamente, se ha puesto manos a la obra con una comedia. Y no con cualquier comedia, sino una en la que al final se nos advierte de que nos estamos riendo de nosotros mismos. Que nadie se ofenda. Nada más sano en la vida que reírse de uno mismo. No por tópico es menos cierto. Nikolái Gógol publicó El Inspector en 1936 y la concibió como una divertida sátira acerca de la codicia y la estupidez de los burócratas. Está escrita en forma de comedia de errores y es considerada por los estudiosos como una de las obras más significativas del teatro ruso. A nada que le echemos un vistazo a su argumento, veremos lo fácil que es hacer un paralelismo con situaciones actuales, por desgracia, harto habituales. Parece mentira que una obra rusa de hace casi 200 años nos retrate tan bien hoy en día, pero así es el ser humano, aficionado a tropezar con la piedra de la ambición y el poder una y otra vez.
Lo que hoy llamaríamos una auditoría
Un alcalde corrupto (qué raro) de una pequeña localidad rusa se entera de que va a llegar un inspector del Gobierno de San Petersburgo a investigar ciertos deslices. Acto seguido, se desa- ta el pánico, porque parece que los deslices ni son pocos ni pequeños. Todo el mundo acepta sobornos, se ha desviado el dinero que estaba en principio destinado a un nuevo hospital y en el vestíbulo principal de los juzgados, que no se usan a penas, anidan los gansos. A todo esto, un joven de la capital llamado Khlestakov, un holgazán que vive a crédito y que ha perdido todo su dinero jugando a las cartas, está alojado en un hotel del pueblo. El alcalde y los suyos van y confunden al patán este con el inspector que tiene que llegar y se monta el cristo. Khlestakov se da cuenta de la jugada y se mete rápidamente en el papel de inspector, aprovechándose de las obsequiosas atenciones de los funcionarios municipales. Les saca el dinero, seduce a sus mujeres y hasta se promete en matrimonio con la hija del alcalde, mientras afuera, en la calles, una muchedumbre de comerciantes eleva sus quejas al inspector (sin saber que se trata de un impostor) por los abusos del primer edil y sus secuaces.
Aquí sólo se salva… la risa
Aquella Rusia de Nicolás I, con una mayoría exclavizada, no muestra tantas diferencias con la Rusia de Putin, por mucho que los ciudadanos parezcan más libres. Ni siquiera hay tanta diferencia entre las sociedades absolutistas de entonces y las capitalistas de ahora. Por lo menos entonces, los de abajo, tenían conciencia de exclavos. Hoy nos conformamos con la fantasía democrática, con pensar que un@s señor@s nos representan en los órganos de gobierno y que el capitalismo nos ha traído la libertad a la Historia. Pero mandar, mandan la codicia y la ambición, y bien sano es que la inteligencia a veces se use para reírse de todo ello. Lo explica Miguel del Arco, citando al propio Gógol cuando dice que “nadie ha advertido al único personaje honrado que figura en mi comedia. Es la risa. La risa era noble porque se decidió a mostrarse a pesar del bajo concepto que de ella se tiene en el mundo. La risa tiene más valor y es más profunda de lo que se piensa. No la risa ligera que sirve de distracción y diversión a los hombres que no tienen nada que hacer. Me refiero a la risa que brota de la diáfana naturaleza humana, que profundiza en el tema y hace resaltar lo que de otro modo pasaría inadvertido.” Nada más que añadir, o sí… jajajajaja.
Teatro Valle-Inclán. Del 4 de mayo al 16 de junio
Subido el 04 mayo 2012 por AVP
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